Como lágrimas en el mar


Así, como lágrimas en el mar, se pierden las vidas de los refugiados de guerra que desesperados se suben a embarcaciones raquíticas proporcionadas por una mafia, ante la rutinaria mirada de millones de telespectadores en un breve de un telediario.

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Unas 20 embarcaciones, tipo bote hinchable, llegan cada día a las costas europeas, presas de la desesperación a la que les ha llevado una guerra destructora. La mayoría de los refugiados de la guerra de Siria pertenecen a la llamada clase media con la que estamos familiarizados. Familia trabajadora, acomodada, con hijos… Durante la última semana unas 50 personas murieron en el fondo del Mediterráneo, tratando de alcanzar una costa donde no truenen las bombas. Aproximadamente la mitad eran menores, más vulnerables al frío del invierno.

Se nos olvida, pero siguen muriendo. Mientras, el primer ministro francés, Manuel Valls asegura que “si Europa no es capaz de proteger sus fronteras, se cuestionará la idea de Europa”. Se trata de convertir el asunto en un problema de identidad; un “si dejamos pasar a todos, no nos podremos llamar Europa”. Es un planteamiento con notorias implicaciones racistas, que percibe al europeo como al que es ‘de aquí’, al que ha nacido aquí. Si ha nacido en otro sitio no merece estar en Europa, o lo merece de forma controlada. Tenemos derecho a vigilarles, a encerrarles. Porque somos europeos y ellos no.

Me imagino que a quienes se avienen a este planteamiento, tristemente imperante, les parece igual de legítimo que se les vigile, encierre o retenga a ellos mismos si van a otro país. Supongo que si se van a vivir fuera de España, no les importará que las autoridades les tengan permanentemente controlados, o que les encierren si no rellenaron bien un papel. Es por asegurarse de que a ese país se le sigue llamando igual, de la misma forma que controlamos la entrada de refugiados de guerra, para seguir llamando Europa a Europa.

No es una visión únicamente institucional; con frecuencia podemos oír comentarios a favor de la postura de la UE, con el argumento, entre otros, de que parece lógico que no dejemos entrar a una avalancha de personas, porque no daríamos abasto. Sin embargo, esas mismas voces, en un alto porcentaje, harán un comentario en referencia a la pena que les da esa pobre gente cuando caen en manos de las mafias, e incluso algunos harán diligentes una mueca de desaprobación.

‘Welcome refugees’ solo era otro eslogan

La realidad es que Turquía ha acogido a unos 2 millones de refugiados y Líbano -un país mucho más pequeño- ha acogido a más de un millón de personas, ambos con menor extensión que el viejo continente. La cifra de personas que huyen del terror y han pedido asilo puede parecer elevada, pero lo cierto es que incluso las estimaciones más altas -que prevén unos cuatro millones de personas pidiendo asilo-, repartidas por toda una Europa con 742’5 millones de habitantes, pasaría más que desapercibida, como una de esas lágrimas en el fondo del Mediterráneo.

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foto: Jesús Gabaldón
                                   

El racismo y la xenofobia inundan aún las sociedades del viejo continente. Lo sabemos todos, aunque nos gusta darle la espalda a este aspecto, y fingir que nos convencen las poses tolerantes que pretenden hacer ver que eso son cosas del pasado y que nos parece suficiente un “a mí no me importa que vengan, pero que no vengan a robar” -entre otros clásicos de ayer y hoy como fingir que no se mira diferente a los inmigrantes en el metro-.

Por eso, porque en el fondo lo somos y lo sabemos, las altas instituciones europeas no quieren abrir una puerta -la de entrada a personas que piden asilo- que supondría que una buena parte de la población se alegraría, pero no pocas voces se oirían hablando sobre que nos quitan el trabajo, colapsan las urgencias y que siempre ellos primero antes que los nacionales. Eso abriría una brecha social, creando una polémica farragosa para los políticos, en la que no se quieren meter, por si acaso salen escaldados.

La estrategia de Europa es la siguiente: Por un lado aumenta la vigilancia en las fronteras y permite, a la remanguillé, que los países que colocaron alambradas, como Hungría, las mantengan pasada la polvareda mediática. Y por otro lado ofrece una buena cantidad de dinero para que Turquía acoja a los refugiados y no pasen a Europa, trasladando a golpe de talonario el problema y la polémica social a otra parte. Y encima en lugar de tratar de enmendar y mejorar la situación de la guerra y por tanto, de estas personas, deciden bombardear más su tierra, convirtiéndola en un agujero inhabitable donde solo pueden huir como alma que lleva el diablo, o esperar que una bomba les lleve la muerte allí mismo.

Por otro lado, el problema de las mafias seguirá creciendo mientras Europa no ponga los medios para que lleguen de una forma legal, y mientras la indiferencia y la desaprobación de la ciudadanía se reduzca a una mueca mientras suben un punto más a su calefacción. Lo cierto es que Europa sabe de la existencia de estas prácticas, lo auspicia y, en tanto que no pone los medios, lo permite, y la indiferencia con que la sociedad y los medios de comunicación tratan el tema no hace más que alimentar a las mafias, fuertes en su velada clandestinidad.

Mientras en Europa estamos pensando en cómo nos llamaríamos si dejáramos entrar migrantes, más de 3.900 refugiados procedentes de la guerra de Siria perdieron la vida el pasado año tratando de alcanzar las costas europeas. Muertes que podrían haberse evitado si no se lanzara a las personas a los brazos de la desesperación; si se les permitiera comprar un billete de avión, pasar la aduana y alojarse en nuestra tierra. En lugar de eso, seguimos convirtiendo el Mediterráneo en la mayor fosa común de la Historia.

 

Virginia Carbajo.

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